Tengo que decirte que no sé si te profeso más admiración que respeto o más cariño que admiración desde mozo.
Y me siento muy afortunado de haber trabajado contigo en varios proyectos. En Casal Sinfónico, trono vacío, proyecto que un día alumbré, complejo y plagado de dificultades el cual, si por algo me llenó de manera sobresaliente, fue por haberte tenido en la dirección de escena, y haber podido compartir horas de creación, de búsqueda y también de camaradería, durante meses.
Colaboramos también en aquella cabalgata icónica, iconoclasta, del Día de América en la que Rodrigo Cuevas tuvo su carroza, y en el ¡¿Qué Movida!? de Fiasco, y hasta en la remodelación de El Cohete, con tus consejos siempre certeros. Si miro de reojo hacia el jardín es porque tú lo viste.
¡Y hasta te entrevisté para Atlántica XXII, estupenda charla que habrá que rescatar con un tanto de rabia y otro de orgullo!
Trabajador impecable, riguroso, de talento vasto, te implicaste hasta el alma con entusiasmo mozo pero credenciales de maestro.
Todo el rato era un aprender en tu compañía, y un escuchar con deleite, y un reír con tu sentido del humor depurado, y un esperar a que algo de tus apabullantes encantos nos bañaran, se les inocularan al mundo.
Dejas pena y vacío, paisano de los pies a la cabeza, dandi asturiano de aroma universal.
Te añoramos ya, Luis Antonio, a secas.
📷 Imanol Rimada para Atlántica XXII





