Fotografía — Manu San Martín
Rodrigo Cuevas ofreció en el Coliseum de A Coruña uno de esos espectáculos que rozan la perfección. No fue concierto más y la noche que se convirtió en una experiencia sensorial; en un lugar del que era imposible apartar la mirada. Hubo incluso momentos en los que era imposible abarcar (y asimilar) todo lo que acontecía sobre el escenario: Rodrigo, su cuerpo de baile, los músicos que habitaban el escenario o una escenografía sobria, nada estridente, y profundamente suya.
El primer impacto tuvo lugar al acceder al recinto y encontrarse con un cabaret que no respondía a ningún manual: no el imaginado, no el que dictan los libros, sino uno rural, asturiano, inevitable. Una noche cuidada hasta el mínimo detalle pero que, al mismo tiempo, parecía improvisada, como si todo ocurriera por primera vez. Desde aquel inicio se intuía que aquello apuntaba a la invitación para entrar en un mundo propio y, de paso, un espacio en donde la belleza se entendía como acto de libertad.
Puedes leer toda la cónica de Mondo Sonoro aquí





